SIMPATÍA, HUMILDAD Y TALENTO

Por Nelson Henríquez C.

Físicamente nadie hubiese puesto en duda que eran hermanos; pero, además de eso, eran entrañables camaradas en la música y al culminar su visita a la redacción de TRIUNFO aquí en Los Angeles, casi por la curiosidad de querer probar acordeones, ambos se pusieron a cantar como si estuviésemos celebrando una típica fiesta familiar.
Ocurrió porque sí. Sin que nadie lo pidiera. Súbita inspiración de un momento de alegre serenidad al atardecer.
Dos nombres, dos hermanos y dos maestros: José Luis y Ramón Ayala, el Güero, como le decían, percusionista y director musical de Los Bravos del Norte; y el soberano, El Rey del Acordeón, juntos y jugando a musicalizar la simple importancia de andar juntos recorriendo la Costa Oeste y cargando sus baterías físicas y espirituales.
Es imposible no recordarlos en un momento tan íntimo, tan espontáneo, tan de ellos y tan nuestro, esa vivencia fuera de programa en que, a veces, el artista y el reportero se miran cara a cara y se enfrascan en la entrevista de la cual el lector espera conocer los entresijos de esos artistas que han hecho y hacen historia en los escenarios y en sus discos, cantándole al amor, a la ilusión y también a la distancia y al dolor.

Aún recordamos el orgullo con que Ramón nos lo presentó:
— Este es mi hermano José Luis.
Tras el apretón de manos y el “mucho gusto” de inmediato, por asociación de ideas, lo identificamos en dos de sus facetas memorables: la de percusionista de Los Bravos del Norte, poniéndole ritmo a la propuesta de Ramón, y la de productor, armonizando todos los elementos que hacen y mantienen el formato de un grupo o de un solista en el estudio de grabación y en sus conciertos.
En esta responsabilidad creativa, yendo unos veinte años hacia atrás, supimos por primera vez de José Luis Ayala como el productor de los primeros discos de Intocable, grupo al que le construyó un estilo tan determinante que pronto se fue a los primeros lugares con sus grabaciones y a los records de recaudación con los impresionantes eventtos masivos, convirtiéndolos en favoritos de la juventud amante de la buena música norteña, esa que comenzaba a aplaudirlos en torno a la frontera binacional del Valle de Texas.
Por eso este 30 de julio cuando nos enteramos de la muerte de José Luis Ayala exclamamos con mucha rabia e impotencia, pero con profundo y sincero respeto:

—Se nos ha ido uno de los grandes.
Luego, al ver las reacciones que provocaba su lamentable deceso, lo apreciamos aún mucho más cuando quienes también lo conocieron y trataron comenzaron a referirse a él con tristeza y admiración.

—Se nos fue mi hermanito Güero… ¡Pedimos sus oraciones para el consuelo de nuestra familia! ¡Descansa en paz, hermanito! escribía el propio Ramón Ayala.

—La música norteña te va a extrañar, se le cantó en su propia página de Facebook.

—Desaparece el mejor percusionista de la música norteña, titulaba una publicación en Internet.

—Su legado quedará para la eternidad, declaraban Los Cardenales de Nuevo León.

—“We’ve lost an absolute legend in our genre today (Hoy hemos perdido a una absoluta leyenda en nuestro género), manifestaba Lalo Reyna, el líder de la banda Elida Reyna y Avante.
—Qué noticia tan triste. Se fue el pionero, la leyenda, la persona más amable que uno pudiera saludar. Esta pandemia nos ha quitado mucho. En paz descanse José Luis Ayala, escribía Montez de Durango, externando su pésame a José Luis Ayala hijo y a toda la familia Ayala.
Fue tendencia en Internet. Las condolencias se multiplicaban. Incluso la actriz mexicana Verónica Castro se adhería al duelo, recordándolo por haber sido el productor de su disco “Por esa puerta” el año 2005.
En el mismo tono se expresaba el conocido empresario Óscar Flores, de la empresa de representaciones artísticas Apodaca, de Monterrey, quien lo conoció durante muchos años.
Por nuestra parte, sin embargo, lo evocamos ese día y también ahora protagonizando fuera de las luces del escenario uno de sus mejores testimonios, el de esa tarde en que acompañaba a su hermano, El Rey del Acordeón, obsequiándonos una convivencia inolvidable en nuestra redacción, cantando y sonriéndole a la vida con esa gallardía señorial que solo caracteriza a los artistas auténticos y una simpatía, la suya, que se reviste de esa humildad que se desborda gracias a la grandeza del verdadero talento.